Lo que sacrificamos al viajar y la lección que nos ha dejado

Quién iba a imaginar que era tan difícil desprenderse de todo, dejar atrás la familia, los amigos, la mascota (Luna Langas), el trabajo, algunas pertenencias del corazón como la bicicleta, hasta algo que juré no extrañar jamás durante un viaje como la comida. En verdad confiaba que este sería un viaje de “desapego” de soltar y dejar atrás, y parece fácil de lograr reconociendo que en algún momento volveremos a disfrutar de todo aquello que hemos dejado; pero no, hoy a puertas de cumplir un año de haber dejado Colombia y prácticamente nuestra vida atrás, me doy cuenta que “desapegarse” es muy difícil. Lo hicimos al partir, lo hacemos cada vez que despedimos una familia o un amigo que nos acoge, y en cada ciudad que dejamos atrás tenemos que hacerlo nuevamente, decir adiós, con la esperanza de un “nos veremos luego”.

Hoy es sábado 1 de julio y me encantaría estar en casa con los míos celebrando este puente de San Pedro, casi que puedo sentir el olor del asado huilense luego de jurar que no extrañaría la comida. Lo dije pensando en que me deleitaría probando la gastronomía de cada país que visitara, disfrutaría cada bocado de la comida local que se cruzara en mi camino, y así lo he hecho, pero hay sabores que recuerdo con nostalgia y que en algunos momentos extraño más. Me encantaría comerme una empanada valluna, un tostón con hogao, un sancocho, un ajiaco, un caldito de pollo de mi mamá, unos fríjoles de mi abuela, una cazuela de mariscos de mi tía y una torta de naranja o de chocolate de mi otra tía. Pero eso no es reemplazable por nada que pueda probar aquí, esa nostalgia con la que recuerdo algunos sabores no la calma ninguna delicia local.

Este año se han casado ya 3 de mis amigas más cercanas incluyendo a mis mejores amigos, y evidentemente no pude estar para acompañarlos en ninguna de las celebraciones. Hace dos días tuve que decir adiós a una amiga que conocí durante este viaje y se ha convertido en una de mis mejores amigas, ahora no sé cuándo la volveré a ver; hoy nos despedimos de Francia, un país que nos ha regalado muy buenos momentos… y así vamos por la vida soltando sin querer, para luego extrañar. Pero es en estos momentos cuando tenemos el chance de darnos cuenta que todo pasa y todo sigue igual, o diferente, pero todo sigue. Reconocer que nuestra ausencia no cambia nada nos hace más humildes, y sentir la ausencia de quienes amamos y aun así continuar nuestro camino nos deja disfrutar el sabor de la libertad, sentirnos almas libres, con la capacidad aún no del todo adquirida de continuar lejos de todo lo que creemos nos pertenece. Este ha sido el ejercicio más difícil y a la vez profundamente formador durante este viaje.

A veces tenemos que renunciar a muchas cosas para continuar en el camino que nos hemos propuesto. Durante este viaje hemos tenido que sacrificar también destinos, que se nos salen del presupuesto o en algunos casos también por cuestiones de visados; hemos sacrificado días de turismo en alguna ciudad encantadora porque hemos tenido que cumplir con entregas de trabajos, o hemos dejado de hacer tours y actividades que muchas veces por costos no podemos contemplarlas. Estas no son unas vacaciones, es un viaje, largo, y para poder llegar hasta aquí no han sido pocas las veces que hemos tenido que decir que no a planes, lugares o cosas que nos seducen durante la ruta. Y no menciono esto en son de queja, si es que este último año ha sido de los mejores de mi vida, y es una experiencia que agradezco cada vez que despierto, pero lo menciono con la intención de dejarles ver un poco la realidad del viaje, ustedes ven solo las fotos bonitas en Instagram y Facebook, pero detrás hay también sacrificios.

Y son estos sacrificios los que nos han enseñado tantas cosas, especialmente una muy importante para la vida y es: fluir. Ir con la marcha, aceptar con desapego los imprevistos. No encapricharnos con lugares, personas o cosas, como lo dije antes, todo cambia, todo fluye, nada permanece, entonces para qué empeñarnos en visitar un lugar que se nos presenta más complicado cuando tenemos cientos más por visitar, o por qué encasillarnos en comprar ciertas cosas que hemos comprobado que no son urgentes, como mi celular por ejemplo, que se dañó hace ya un mes y hasta ahora no lo he podido reemplazar, (bueno este sí que es necesario, pero como tenemos todavía el de Beto entonces el mío no me ha hecho mucha falta).

Esta es una lección que no es exclusiva de los viajes, es de la vida misma, lo que pasa es que un viaje es como un curso intensivo para repasar esta lección porque son muuuuchos los imprevistos que se presentan en un periodo de tiempo muy corto y se debe ir cambiando sobre la marcha, ser flexibles y estar preparados para los cambios, muchas son las situaciones en las que tenemos que aprender a fluir, y con esto no quiero parecer débil, simplemente hay una delgada línea entre la tenacidad y la terquedad: ni dejar de insistir sin haberlo intentado todo ni insistir tanto que las cosas tengan que salir forzadas, allí ya no hay disfrute.

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